Yo me quedo en casa

La tauromaquia: Crónica de una muerte anunciada

Publicado: 2020-02-21

No existen derechos absolutos. Incluso, derechos humanos como el de la vida, la libertad y la propiedad tienen excepciones. La pena de muerte, la cárcel y la expropiación, respectivamente, son prueba de ello. El único derecho que no admite ninguna excepción, según la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU, es el derecho a no ser torturado.  

De ahí que nada sea más repulsivo -desde un sentido ético- que la tortura, entendida como el dolor físico innecesario que se inflige intencionalmente a alguien (obviamente contra su voluntad) haciéndolo sufrir para obtener una confesión o como simple castigo; incluso cuando se le aplique a un delincuente, un terrorista o un genocida. Para evitar actuar como ellos, debemos aplicarles todo el peso de la ley, pero sin convertirnos en torturadores.

Quienes discrepan no solo ignoran la ley e -irónicamente- se transforman en lo mismo que odian y dicen combatir; sino además califican técnicamente como sádicos o personas crueles (por definición es "herir al indefenso hasta ver su sangre correr"/del latín crudelis). Lo enfermizo del sadismo es que en lugar de tratar de evitar el sufrimiento ajeno, lo promueve y festeja. Se anula toda empatía hacia el ser sufriente. En vez de sentir compasión y querer ayudar al que sufre, el sádico proyecta indolencia y celebra, incluso con fascinación sino excitación, el dolor del otro.

Felizmente en los países con mayor progreso cultural, la tortura ya está proscrita y la tendencia mundial apunta a prohibirla incluso para el resto de seres sintientes (o, al menos, para el resto de animales no-humanos). Por ello la mayoría de países, incluido el nuestro, ya cuentan con leyes que protegen a los animales del trato cruel o la tortura, dejando atrás diversas tradiciones sangrientas, abusivas y anacrónicas (ejemplo es la caza del zorro prohibida en Inglaterra en el 2004 o la misma tauromaquia prohibida en Cataluña en el 2010).

Tristemente, nuestro país -a pesar de tener una ley contra el maltrato animal- sigue siendo uno de los ocho países (de los casi 200 del planeta) que aún hacen de la tortura y muerte de un toro un espectáculo legal para el entretenimiento de adultos e incluso de niños. Así se divierten mientras el toro -colocado contra su voluntad en un recinto cerrado sin escape posible- es una y otra vez atravesado por cuchillos y espadas (banderillas, puya y estoque), que lo van desgarrando, hiriendo y desangrando -en una lenta agonía- hasta que, cual broche de oro, se le clava el estoque de acero de más de medio metro de longitud.

La carnicería es obvia para el que realmente esté dispuesto a verla. Los vómitos de sangre del noble mamífero no dejan dudas. La tortura de casi 20 minutos que suele durar cada corrida culmina cuando el toro cae desangrado en la arena debido a sus múltiples heridas. Cuando el estoque ha sido fallido, ingresa al circo un auténtico verdugo armado con un puñal (puntilla) para rematar al toro caído, acuchillándole ferozmente la nuca. Y si la faena ha sido muy satisfactoria para los espectadores, se procede con el macabro corte en vivo de las orejas e incluso del rabo del bovino que -a veces- aún respira en su charco de sangre. Esto constituye el premio o salvaje botín que es entregado al torero por su 'buen desempeño', mientras se llevan al toro arrastrado ya sin orejas ni cola, entre los aplausos y las sonrisas de los abonados.

A pesar de que los aficionados de esta sanguinaria tradición colonial (que cada jornada supone el vertimiento de unos 100 litros de sangre que va brotando de las heridas de los seis toros acuchillados) son cada vez menos y, por ejemplo, en Lima no representan sino una reducida fracción de la población capitalina (apenas unos miles de los casi 10 millones de habitantes), siguen moviendo sus lobbies y tentáculos sociales para que no las prohíban.

Es un escándalo y una vergüenza nacional que nuestras autoridades aún permitan -en el siglo XXI que ofrece como nunca antes cientos de opciones para entretenerse sin torturar a nadie- esta 'fiesta', en la que entre tanto 'olé' se acuchilla hasta la muerte a bovinos herbívoros. Cabe recordar a Mahatma Gandhi cuando afirmaba que "la grandeza de un pueblo y su progreso moral pueden ser juzgados según la forma como tratan a sus animales".

A la fecha, se encuentra en trámite ante el mismo Tribunal Constitucional (TC) una demanda para que -por fin- el Perú sea coherente con nuestra ley contra el maltrato animal y en consecuencia prohíba las corridas de toros y demás espectáculos de tortura, con lo que demostraría sensibilidad moral y compasión ante el sufrimiento animal. Este 25 de febrero se transmitirá en vivo el debate que habrá en el TC sobre la materia.

La historia, el movimiento animalista y las futuras generaciones juzgaremos a los siete jueces del TC por el carácter de su fallo. Estaremos atentos. Mientras tanto y, antes de que se decrete la inevitable abolición de las corridas de toros en nuestro país, cabe advertir a quienes lucran con ese cruel negocio que vayan buscando otro medio para ganarse la vida que no suponga arponear mamíferos. Similar consejo va para los espectadores de esa matanza, para que -desde ya- puedan ir refinando su espíritu y encontrar cualquier otra forma de entretenimiento o pasatiempo para sus domingos que no sea pagar por ir con sus inocentes niños a ver sangrar y sufrir rumiantes. Estamos seguros de que alguna alternativa no-sádica podrán encontrar. Confiamos en ello.


Escrito por

Manuel Bartra

Abogado laboralista especializado en gestión humana y con enfoque de género


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manuelbartra

Abogado laboralista especializado en gestión humana con enfoque de género.