#CómoSalimosDeEsta

A propósito de las guerras que aún padecemos

¿Hasta cuándo arrastraremos el legado de la guerra?

¨Cada una de las víctimas es un mundo destruido, una familia arruinada, amigos y parientes heridos de por vida¨. Yuval Noah 

Manuel Bartra

Publicado: 2022-07-13

Pocas cosas reflejan -con tanta claridad- el peor lado humano como la guerra. No existe demostración más brutal y destructiva a gran escala. Desde tiempos primitivos hasta la contemporaneidad, las guerras han sido el vergonzoso patrón de conducta de nuestra compleja especie. Y también la mayor fuente de sufrimiento y muerte.

A pesar de sus trágicas y devastadoras consecuencias, la guerra atraviesa la historia humana y, en particular, acuña el concepto de la masculinidad tradicional. Durante siglos, ser hombre y guerrero fueron los dos lados de la misma moneda. Convertirse en guerreros fue el destino, sino el deber de muchos, acaso demasiados hombres. 

Ante el afán de conquista y la codicia de sus emperadores, reyes o dictadores de turno, muchos debían elegir entre morir o matar. La dinámica imperial común suponía guerra, despojo y saqueo, así como esclavitud y violaciones para los vencidos y vencidas, respectivamente, e incluso hasta genocidio. Y aunque, estadísticamente, la modernidad es pacífica en comparación a tiempos pasados, aún arrastramos guerras en ciertas latitudes. 

Sin duda, la razón principal por la cual las guerras se activan -esporádicamente- es la económica, pues es obvio que son un gran negocio; al menos para algunos. No sólo para anexarse territorio ajeno y adueñarse de sus recursos, sino para indigno provecho de quiénes están dispuestos a lucrar -de alguna manera- con el aniquilamiento de personas.  

Los presupuestos militares de la mayoría de naciones son escandalosamente altos y ocupan varios puntos porcentuales del PBI de cada país. La industria bélica suele estar vinculada no sólo con militares en retiro, sino con políticos corruptos que terminan beneficiándose de la compra pública de armamento militar, cuyas comisiones suelen ser tan obscenas como secretas.

Ya en 1963, John Kennedy nos advertía del peligro de la excusa de la ¨seguridad nacional¨ que era invocada astutamente por ciertos personajes oscuros -incluyendo a los señores de la guerra- para expandir su siniestro negocio. Incluso dos años antes, en 1961, Dwight Eisenhower, también advirtió en su discurso de despedida como presidente de los Estados Unidos, que era esencial que las autoridades estén ¨alertas contra el desarrollo de influencias indebidas (…) del complejo militar-industrial¨.

Aún así, parece mentira que -en pleno año 2022- todavía existan invasiones militares. Países y personas, que se atribuyan el derecho de ingresar a la fuerza a otro, a punta de balas y fuego. Hordas de soldados dispuestos a matar a otros seres humanos y enlutar familias, para obedecer una orden o cumplir un objeto definido por alguien más, a cambio de una medalla, un ascenso o una palmadita en el hombro.

¨Las fuerzas rusas no disparan contra objetivos civiles¨, dijo -con aplomo sino descaro- el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, tras los primeros bombardeos a la ciudad ucraniana de Mariúpol, que dejó en esa ocasión -más allá de cualquier declaración solemne- un hospital destruido y 3 personas muertas, incluyendo a un niño.

Aparentemente, ese niño también estaba en guerra, aunque nunca lo supo. Pudo ser el hijo de cualquiera. Incluso de quién dirigió la operación que acabó con su vida. Pero así son las guerras, siempre dejan niños inocentes muertos. Y aunque lo saben quiénes tienen el poder de decisión, de igual manera siguen adelante criminal y cobardemente.

De hecho, desde que empezó la invasión militar rusa a Ucrania, el pasado 24 de febrero, ya son -oficialmente- casi 300 los niños ucranianos muertos, sin contar otros varios cientos de niños heridos. Evidentemente, se trata de crímenes de guerra por los que las autoridades rusas deberán responder -esperemos- más pronto que tarde.

"Todo conflicto es una guerra contra la infancia, se llevan la peor parte, son los más vulnerables, los que menos recursos tienen y pagan el terror que cometen otros", nos recordó -recientemente- el director de Cooperación Internacional y Acción Humanitaria de Save the Children, Vicente Raimundo, en una conferencia.

Un niño llora en los brazos de su madre mientras son evacuados de kupiansk - agencia reuters

Cabe recordarse que cuando esta guerra empezó, hace más de 100 días, Putin indico -como supuesto pretexto para la invasión- la necesidad de ¨desnazificar¨ Ucrania, cuyo presidente -por cierto- es judío. Más allá del verdadero interés, así como del perfil dictatorial de Putin y sus evidentes ambiciones geopolíticas, lo cierto es que nada puede justificar dañar a población civil y, mucho menos, niños muertos.

Nunca más claro que el fin no puede justificar los medios, que -finalmente- es la esencia de la ética. Caso contrario, el día de mañana nos tocará justificar a los asesinos de nuestros propios niños. Frente a esto, no debería haber duda ni discrepancia alguna, independientemente de nuestras ideologías políticas, religiosas o de cualquier otro orden.

A casi 75 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos, adoptada internacionalmente tras el genocidio -verdaderamente- nazi de la segunda guerra mundial, corresponde que la comunidad internacional -integrada por la ciudadanía de los distintos países del planeta- unifiquen su voz de rechazo a toda guerra o, por lo menos, a aquellas donde se acribille población civil, como niños o ancianos.

Por ello, toca que también dirijamos la mirada hacia esas otras invasiones militares que -actualmente- se están perpetrando en paralelo a la rusa, sólo que en latitudes quizás más periféricas y ciertamente más ignoradas. Empezando por la que padece hace más de una década la población en Siria y los millones de exiliados forzados a huir del fuego cruzado que nutren -de uno y otro lado- las principales potencias del norte global.

O la del pueblo de Yemén que aún es asediado por la coalición entre Arabia Saudí y los Émiratos Arabes Unidos, dos de las principales monarquías teocráticas -sino tiranías árabes- que aún practican esos regímenes propios de la Edad Media.

También son víctimas los habitantes del pueblo africano de Tigray, bajo la agresión militar del Estado de Etiopía, que ya habría dejado en sólo 1 año de guerra la desgarradora cifra de 100 mil muertos. O los 15 mil civiles asesinados por los ataques del gobierno de Camerún a las regiones anglófonas de ese mismo país.

Cabe puntualizarse que la diferencia más visible entre todas éstas y la guerra en Ucrania es la cobertura mediática de la gran prensa que sólo ha recibido esta última. Podría pensarse que ello se debe a que ocurre dentro del mismo continente europeo, cuna de Occidente. Una hipótesis alternativa sería que es debido al color de la piel de las víctimas. Mientras más blancas, parecería que importan más, al menos para algunos.

Sea como fuere, y al margen del probable racismo implícito, urge que -por fin- erradiquemos la guerra como método tradicional para resolver conflictos de intereses. No hace falta ser historiador para entender que en la guerra todos son -de alguna manera- perdedores. Todas las partes sufren traumas y muertes irremediables, incluyendo a los que militarmente se imponen transitoriamente.

Más aún en un contexto global en el que son casi 10 países los que ya tienen arsenal nuclear con potencial de destruir no sólo al enemigo de turno, sino al planeta, incluyéndonos. Es urgente, por ende, un enfoque distinto que se rehuse -por principio ético- a naturalizar o aceptar las guerras, como un supuesto mal necesario que deben padecer otros, claro, los de peor suerte. Debemos desterrar -por fin- esa lógica destructiva, perversa y suicida.

Sin empatía hacia esos otros, nuestros prójimos, no podremos luego pedir solidaridad o piedad cuando nos toque el turno. Ya es momento que apostemos por una verdadera cultura de paz, que reivindique valores esenciales como el de compasión -esencia de toda forma auténtica de espiritualidad- y la no-violencia, que tan -exitosamente- permitieron a Gandhi liberar a la India de la dominación colonial británica en 1947.

¨Ojo por ojo y el mundo quedará ciego¨, decía Mahatma Gandhi. Por ello mismo, también sostenía que ¨la no-violencia ha de ser la única bandera de combate entre los ejércitos humanos. Ella prevalecerá¨.

En tiempos de guerra -vale decir- de muertes y tragedias, tenemos que aferrarnos a los mejores ejemplos de pacifismo y esperanza que ha tenido la humanidad. Si no los evocamos ahora, quizás luego ya no habrá oportunidad. Es ahora o nunca, mientras -día a día- personas y niños son bombardeados militarmente.


Escrito por

Manuel Bartra

Abogado especializado en gestión humana


Publicado en

manuelbartra

Abogado laboralista especializado en gestión humana con enfoque de género.