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El oculto maltrato animal de la industria ganadera

¿Cuánto sabemos de sus prácticas y de su trato a los animales?

¨Si los mataderos tuvieran paredes de cristal, todos serían vegetarianos. Nos sentimos mejor con nosotros mismos y con los animales, sabiendo que no contribuimos a su dolor¨. Linda y Paul McCartney

Manuel Bartra

Publicado: 2022-07-21

La industria ganadera -también llamada intensiva- que explota animales y lucra con su maltrato y muerte, ha tenido éxito engañando a la ciudadanía sobre cómo opera realmente.

Muy al margen del impacto de la ganadería industrial en el medio ambiente (alta emisión de gases), su efecto en la deforestacíon y el acaparamiento del agua por la expansión agrícola para el cultivo de forraje o pienso, sus secuelas en la salud ante la ingesta de carnes con rastros de antibióticos y su vinculación con la propagación de enfermedades zoonóticas (influenza aviar o gripe porcina); el modo como trata a los animales merece ser examinado y repensado bajo un enfoque más empático y ético.

Para empezar llaman -convenientemente- a estos animales ¨de producción¨, naturalizando así que sólo servirían para que nuestra especie se beneficie con su producción indiscriminada sin ninguna consideración ni compasión.

Alternativamente, los llama animales ¨de granja¨, jugando con el imaginario colectivo que evocaría un campo artesanal lleno de pastizales y vegetación, donde los animales juegan al sol y al aire libre, mientras una familia sencilla recoge sus frutos sosteniblemente.

Aunque esas granjas aún sobreviven en zonas rurales, la realidad de la industria ganadera nada tiene que ver con dicha visión. En su voraz codicia, ha reemplazado el campo y la naturaleza, por instalaciones metálicas atiborradas de jaulas, donde hacinan a los animales de por vida.

Ya jamás ven el sol, sienten la tierra o una suave brisa. En cambio, duras celdas donde apenas pueden moverse -pero ni siquiera voltearse- son su único destino hasta que son matados -sin anestesia o analgésicos- en masa. Mientras menos movimiento haya, mejor para los bolsillos de los industriales, pues así los animales gastan menos energía y por ende tienen menos necesidad de comida. Así ahorran -vergonzosamente- en alimento y requieren menos personal al mantenerlos -permanentemente- enjaulados.

A pesar de este horrendo contraste, se les sigue llamando a estos nobles animales -en su mayoría gallinas, cerdos y vacas- ¨de granja¨. La industria insiste en esta terminología que falsea la realidad y sugiere bienestar, donde -en verdad- solo hay crueldad y sufrimiento. Pero como esto último no es buen marketing, se prefiere el ocultamiento sistemático.

Según una reveladora encuesta de Ipsos realizada -a nivel nacional- el 12 y 13 de mayo últimos, casi el 90% de la gente nunca escuchó -por ejemplo- acerca de las jaulas para cerdas, ignorando por completo que para producir salchichas o jamones se utilice comúnmente jaulas para inmovilizar cerdas, tanto durante la gestación como en la maternidad y lactancia.

Esta encuesta también revela que una vez que el gran secreto de la industria es develado, casi el 70% de las personas se posiciona en contra de esta práctica grotesca. Aunque este dato transmite cierta esperanza en términos de respeto al bienestar animal, también explica los esfuerzos de la industria ganadera -sea la avícola, la porcina o la vacuna- en cerrar celosamente sus instalaciones como si fueran bases militares, donde no se admite ninguna visita ni menos el registro de sus operaciones.

Preservar su secreto les resulta clave para mantener, impune y lucrativamente, su cruel sistema de confinamiento. A pesar de ello, activistas animalistas han podido infiltrarse en sus instalaciones y reproducir en internet algunos videos que visibilizan lo que allí ocurre:

La encuesta de Ipsos también muestra que más del 70% de los consumidores de huevos y de carne de cerdo cambiaría a la marca que en su producción no utilice estas prácticas de enjaulamiento permanente. Toda una oportunidad para los productores que decidan abrir sus jaulas y optar por sistemas alternativos, como el de corrales o de pastoreo, donde los animales pueden -al menos- desplazarse y desarrollar su conducta natural, como caminar, anidar, o estirar sus extremidades.

Asimismo, la encuesta arrojó como resultado que 7 de cada 10 peruanos respaldaría una ley que prohíba las jaulas para cerdas o que mejore significativamente las condiciones como son criadas y tratadas por la industria. Así que regular esto no sólo es necesario, sino hasta democrático. 

Ojalá que nuestros congresistas tomen nota de esta imparable tendencia, que no se trata de ninguna moda coyuntural, sino que responde a la toma de conciencia respecto a que no es éticamente aceptable hacer sufrir a animales dotados de un sistema nervioso que los hace capaces de sentir tanto como un perro, un gato, o incluso como un niño.

Por ello es que en los casi 30 países que integran la Unión Europea ya existe una ley que prohíbe el uso de jaulas convencionales para confinar gallinas. Ojo que esta legislación no es de ayer, sino que fue aprobada hace décadas e incluso, ya se cumple cerca de medio siglo desde que Suiza se convirtió en el primer país del mundo en proscribir -ejemplarmente- estas jaulas infames que constituyen un auténtico método de tortura para millones de animales.

En nuestro Congreso ya existe, a modo de ejemplo, un proyecto de ley que busca eliminar las jaulas para confinar gallinas ponedoras en un plazo de hasta 12 años. Este proyecto, presentado por los congresistas Ed Málaga y Susel Paredes en diciembre del 2021, y al que se han adherido Sigrid Bazán y Carlos Zeballlos, constituye la primera iniciativa legal que busca regular las condiciones para los animales ¨de granja¨, que -como ya quedó claro- es sólo una categoría arbitraria que no debe justificar un tratamiento diferenciado para este sufrido grupo de animales.

Esperemos que el denominado bloque animalista del Congreso, integrado por los congresistas José Jeri (Somos Perú), Diego Bazán (Avanza País), César Revilla (Fujimorismo) y Lady Camones (APP) se adhieran a este proyecto mostrando así su real apoyo a estos animales. Más allá del título que cada quien se arrogue, ojalá que tanto los congresistas como los ciudadanos a quiénes verdaderamente les importa los animales -que abarca más que sólo perros o gatos- respalden esta valiente iniciativa.

Mientras tanto, urge que se siga desenmascarando a la industria ganadera para que podamos verle su verdadero rostro. Tras ello, ya no hay vuelta atrás y sólo queda rechazar su cruel violencia contra animales sintientes.

Además de -coherentemente- dejar de comprar y consumir sus productos derivados de tanto maltrato. Finalmente, cabe que cada uno se cuestione a sí mismo hasta qué punto se está dispuesto a seguir comiendo, a modo de referencia, jamón o huevos si son hechos con tanto sufrimiento y están teñidos -aunque no lo veamos- de dolor y sangre.

Más aún, habiendo tantas ricas y saludables alternativas que no implican seguir financiando esas prácticas industriales que cosifican y enjaulan -perpetuamente- seres vivientes. Este no puede ser el precio que queremos pagar por comer esos productos. Sin duda, somos mejores que eso. Sólo que la gran mayoría -simplemente- no lo sabe debido al perverso secretismo de la industria ganadera.


Escrito por

Manuel Bartra

Abogado especializado en gestión humana


Publicado en

manuelbartra

Abogado laboralista especializado en gestión humana con enfoque de género.