#CómoSalimosDeEsta

La infame persecución política contra Julian Assange

Y la amenaza implícita al periodismo independiente

¨La verdad aunque se caiga el cielo / Que se haga justicia aunque el mundo perezca¨. Antiguo proverbio

Manuel Bartra

Publicado: 2022-08-18

En cierto modo, todavía hoy se practica la cacería de brujas que, entre el siglo XVI y XVIII, se perpetró en Europa y Estados Unidos para exterminar mujeres que se consideraban ¨peligrosas¨ para el opresivo sistema social que los líderes religiosos querían preservar.

Aunque las formas se han sofisticado y ya no se realizan quemas públicas tras juicios sumarios hechos a la medida de los verdugos, el método de eliminar -a cualquier costo- aquello que representa una amenaza para los poderes fácticos se mantiene, a pesar de la evolución del ¨Estado de derecho¨ y su -aún precario- imperio de la ley.

Precisamente, para cuidar la apariencia de legalidad ante la opinión pública, ahora se utilizan otras tácticas y herramientas, menos brutales y grotescas, pero igual de inmorales y efectivas para castigar y neutralizar lo que se presenta como un riesgo para el status quo.

Quizás el caso mediático que mejor prueba la vigencia de estas cacerías es el del periodista australiano Julian Assange, quién es perseguido -hace varios años- por el gobierno de los Estados Unidos, por exponer a través de su plataforma WikiLeaks las fechorías que el ejército estadounidense ejecutó contra población civil durante sus invasiones militares a Afganistán e Irak, iniciadas en el 2001 y 2003, respectivamente.

Es decir, Assange viene siendo cazado por -simplemente- hacer su trabajo como periodista comprometido con la verdad y, consecuentemente, publicar información veraz que revelaba crímenes de guerra y violaciones de los derechos humanos cometidas en dichas guerras, declaradas por George Bush hijo.

En específico, el video publicado por el sitio web de Assange que el gobierno estadounidense no le perdona y que inició la cacería, muestra un helicóptero apache abriendo fuego -súbitamente- contra un grupo de civiles iraquíes, que incluyó a 2 periodistas de la agencia Reuters, que también murieron en ese ataque en Bagdad, en el 2007:

De hecho, se sabe -por documentos del propio Pentágono filtrados también por WikiLeaks- que el 63% de los muertos en Irak fueron civiles. Sin duda, un porcentaje elevadísimo que daría cuenta del fuego indiscriminado del ejército de los Estados Unidos, así como de la locura de la guerra en sí. 

Assange también publicó contenido que evidenciaba abusos sexuales, torturas y asesinatos extrajudiciales apañados por jefes militares estadounidenses en la ocupación, así como miles de cables cursados entre el Departamento de Estado americano y sus embajadas que contenían, en buena parte, información de interés público que revelaba -al menos- irregularidades por parte de funcionarios de dicho país.

Asimismo, WikiLeaks publicó -en el 2011- fotografías sobre detenciones ilegales en la cárcel de Guantánamo, que incluían a un adolescente de 14 años encarcelado extrajudicialmente. Recientemente, en el 2021, publicaron documentos que revelaban la operación global -en más de 50 países- de organizaciones católicas de ultraderecha y su red de donantes.

A diferencia de la gran mayoría de periodistas del planeta, Assange expuso los abusos que la prensa corporativa mundial se niega a cubrir. En lugar de seguir el camino fácil y complaciente, decidió confrontar, destapar y desmentir las versiones que ciertas autoridades del país más poderoso del mundo regaban sistemáticamente vía sus medios sumisos.

Gracias a Assange el mundo pudo conocer y comprobar -de primera mano- el lado oculto de la guerra, aún cuando ésta es librada en nombre de la democracia o de la seguridad mundial. WikiLeaks, sin duda el medio independiente más valiente del globo, reveló abusos que estaban destinados a ser ocultados para siempre. Crímenes de guerra que -sin sus filtraciones- jamás se hubieran sabido, para lamento de las víctimas sobrevivientes y las familias de los miles de civiles abatidos.

Por ello, Julian Assange es admirado por todas las personas que valoran la búsqueda de la verdad. También inspira su coraje para oponerse a los matones de turno. Pero, al mismo tiempo, es odiado por los amos de la industria bélica, sus políticos cómplices y su gran prensa que -de seguro- se siente interpelada allí cuando se hace periodismo de verdad; ese que por conveniencia e interés han traicionado.

Sea como fuere, fue bajo la administración de Donald Trump, que el gobierno estadounidense acusó formalmente a Julian Assange, pidiendo una condena de 175 años -el equivalente dos cadenas perpetuas- por el supuesto delito de intrusión informática. En realidad, Assange sólo filtró material que soldados perturbados por la culpa o veteranos arrepentidos remitían a su sitio web para tratar de aliviar sus afligidas conciencias. 

Bradley manning: fue condenado a 35 años por filtrar documentos sobre crímenes a wikileaks 

Fuera que Assange pueda caer bien o mal, es obvio que la persecución que sufre es una cruel venganza por atreverse a denunciar las vilezas de la potencia mundial y la autoría mediata de algunos de sus líderes políticos y militares. Assange es la nueva bruja a ser quemada. Es el periodista insolente que debe ser enjaulado de por vida por revelar la pura verdad.

Pero, más allá de la injusticia que se pretende contra el fundador de WikiLeaks, también se trata de una amenaza para la libertad de información y el periodismo mundial, sobretodo el independiente. El mensaje implícito es que se prohíbe -so pena de cárcel- la divulgación de la verdad. Ya no se permitirá la exposición de los abusos de poder. La verdad incómoda tendrá que ser silenciada para regocijo de los poderosos. Así podrán mentir con total impunidad, sin el riesgo de ser desenmascarados. Queda proscrito el derecho de información de los ciudadanos.

En realidad, así opera el fascismo y sus regímenes totalitarios que no toleran la crítica, la prensa -verdaderamente- libre, ni la rendición de cuentas. Todo lo que altere el pensamiento único, por más veraz que sea, merecerá unos 200 años de cárcel. Al menos eso pretendió el gobierno de Trump que -a diferencia de Obama- decidió acusar a Assange y pedir su extradición.

Comentario especial merece el miserable rol jugado por el ex presidente de Ecuador, Lenin Moreno, quién se prestó a entregar la cabeza de Assange, mientras estaba asilado en la embajada ecuatoriana en Londres, al quitarle -de improvisto- la nacionalidad ecuatoriana y, acto seguido, cancelar su asilo, en lo que fue uno de los escándalos más vergonzosos de la diplomacia internacional. Igualmente servil y despreciable ha sido el papel de la ministra del interior de Boris Johnson, Priti Patel, que aprobó el pedido de extradición, cuando -resulta obvio- que se trata de una burda persecución política.

Ojalá que el recurso de apelación presentado por la familia de Assange, sea admitido ahora que la influencia de Johnson se ha debilitado, tras haber sido forzado a dimitir tras una seguidilla de escándalos y errores durante su polémico mandato.

Otra alternativa es que, en cualquier momento, el actual presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, demuestre que realmente es un demócrata -o, al menos, más decente que su antecesor Trump- y acabe con la cacería contra Assange, retirándole los cargos o desistiéndose de la extradición presentada. Así Assange podrá recuperar su libertad.

Como se recordó en el programa español La Base No. 83, para ello sólo es cuestión que Biden recuerde lo resuelto por la Corte Suprema de su país en 1972, en el caso de ¨Los papeles del Pentágono¨, que opuso -precisamente- el derecho a la información versus la seguridad nacional (invocada por el gobierno de Nixon para bloquear la divulgación de cierta información sobre Vietnam), y sentenció: ¨Admitir la censura previa sería tanto como convertir la 1ª enmienda [Constitución] en un campo en ruinas. La libertad de prensa permite la formación de una discusión política libre y que el gobierno sea responsable ante el pueblo. Ahí reside la seguridad de la República y el fundamento mismo del gobierno constitucional¨.

Más allá de lo que ocurra y pese al vil intento por encerrar a Assange y -con ello- intimidar al periodismo libre e independiente, la cacería de brujas ya ha sido expuesta y la ciudadanía ya puede reconocer quiénes son realmente los villanos bajo el disfraz de inquisidores. Y, acaso lo más importante, el ejemplo de Assange -de David contra Goliat- reforzará la búsqueda de la verdad y la resistencia frente a los abusos del poder de turno.


Escrito por

Manuel Bartra

Abogado especializado en gestión humana


Publicado en

manuelbartra

Abogado laboralista especializado en gestión humana con enfoque de género.