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El verdadero precio de consumir carne

A propósito del Día Internacional de los Animales

¨Si una persona es cruel con un animal, se considera crueldad; pero cuando muchas personas son crueles con los animales, especialmente en nombre del comercio, la crueldad se acepta y, una vez que hay dinero de por medio, será defendida por personas normalmente inteligentes¨. Leonardo Da Vinci

Manuel Bartra

Publicado: 2022-10-06

En una columna reciente indique que gran parte de la gente que consume carne y productos derivados de la industria ganadera ignora sus grotescas prácticas e implicancias en diversos frentes; desde el maltrato animal y el daño ecológico, hasta el acaparamiento del agua y los daños a la propia salud pública por la ingesta de rastros de antibióticos o por el riesgo de enfermedades zoonóticas (e.g. gripe aviar o la porcina).

Aunque tal ignorancia es -en buena parte- real debido al perverso secretismo con que opera -convenientemente- la industria ganadera, en realidad no abarca a otro sector de consumidores que -aún sabiendo estas implicancias- insiste en comer dichos productos.

Se calcula que -en promedio- sólo el 5% de la población mundial es vegetariana. Aunque la tendencia va en aumento, es ingenuo creer que todo ese 95% restante -consumidores de carne y/o clientes de la industria ganadera- desconoce los pasivos de dicha industria, que financian con sus compras cada semana o, peor aún, a diario.

Por penoso que resulte, se debe admitir que hay gente que elige seguir comiendo carne a pesar que saben de las crueles y peligrosas consecuencias que ello supone para los animales, la naturaleza y el planeta. Simplemente no les importa. O, en todo caso, más les importa la breve satisfacción de sus paladares. El egoísmo prevalece en ellos ante cualquier otra consideración. Parecería que -al momento de tragar- prima el instinto más primitivo y menos racional.

Acaso influye también la asociación inconsciente entre carne y poder o lujo. Más elemental aún, la relación entre la carne y la masculinidad tradicional. A juzgar por ciertas dinámicas sociales -como la convencional parrillada o los asados de camaradería o ¨entre patas¨- parecería que muchos hombres inseguros sienten que refuerzan su hombría a medida que consumen más carne, cual ingesta salvaje de cadáveres -claro- comprados en el supermercado de la esquina.

En realidad, si de fuerza y alto rendimiento se trata, tenemos deportistas veganos y de élite en básicamente todas las disciplinas. En el tenis destacan, por ejemplo, Novak Djokovic y Venus Williams. En la fórmula 1 se tiene a Lewis Hamilton. En la NBA está la estrella K. Irving. Ojo que la mayoría de ellos migró a una dieta libre de carne sobretodo por razones de salud y/o para potenciar sus desempeños. Incluso, en el culturismo y levantamiento de pesas, se tiene a Patrik Baboumian:

En cualquier caso, urge seguir compartiendo información clave para quiénes sí estén dispuestos a escuchar y reflexionar sobre sus hábitos de consumo y sus implicancias. Después de todo, esos casi 400 millones de vegetarianos que hay en el mundo son -en su gran mayoría- carnívoros conversos: comían carne hasta que tomaron conciencia del intolerable precio moral de dicha elección.

Un dato revelador es que el 70% del agua del planeta se destina a la agricultura, y más de la mitad de los cultivos que produce dicha actividad no alimenta a humanos -a pesar de la pobreza estructural y las hambrunas- sino que se destina como forraje para los animales que explota -masiva y brutalmente- la gran industria ganadera. Es decir, la mayor parte del agua y de granos del planeta se utilizan -o acaso desperdician- para producir hamburguesas y salchichas, básicamente.

Cabe resaltarse que ningún otro alimento necesita tanta agua para su producción como la carne. A modo de ejemplo, sólo para producir una almendra se requiere de unos 4 litros de agua, mientras que para producir una hamburguesa se necesitan 2,400 litros de agua. Ante la inminente crisis del agua debido a su escasez, su precio en el mercado internacional se ha multiplicado en los últimos años y actualmente ya se cotiza incluso en la bolsa de valores de Nueva York.

En países como España, por poner un ejemplo, que vienen siendo afectados por sequías inusuales, ya se empezaron a imponer en ciertas localidades restricciones en el uso del agua, así como prohibiciones para utilizar el agua con fines ornamentales, recreativos o no esenciales, como para piletas en plazas.

Peor aún, actualmente hay muchas comunidades y lugares donde las personas no tienen acceso a este recurso vital. Es sabido, a modo de triste referencia, de múltiples casos de suicidios de campesinos en la región del Punyab, en la India, ante la falta de agua para regar sus cultivos, que deviene en estrés, endeudamientos, depresión y finalmente, muerte. En nuestro propio país, el 25% de la población no tiene acceso al agua.

Esta desoladora y gravísima problemática -que se agudiza día a día por las sequías que trae el cambio climático y por el acaparamiento del agua de la industria cárnica, las bebidas gasificadas, así como por la contaminación de fuentes hídricas por actividades como la minería o el fracking- abre amenazas de migraciones masivas e incluso tensiones fronterizas y eventuales guerras por la disponibilidad del agua.

Ante estos riesgos, entidades globales -como la propia ONU- ya han advertido que es indispensable que reduzcamos el consumo de carnes como medida fundamental para frenar el cambio climático, reducir la huella hídrica y evitar escenarios de auténtica catástrofe que si -con suerte- nuestra generación logra esquivar, serán nuestros hijos y nietos quiénes sufrirán las consecuencias de nuestra gula por la carne.

Lo extraordinario de la problemática del consumo de carne es que une, finalmente, distintas causas sociales que se integran ante una amenaza en común. Animalistas, ecologistas o científicos preocupados por la supervivencia de la especie humana, unifican sus fuerzas.

De modo que aunque a cierta persona -acaso profundamente especista- le importe poco o nada el bienestar de millones de animales sintientes, como las vacas, igual puede volverse vegetariano por razones únicamente de salud, ecologistas o -quizás- por la huella hídrica que sí considera clave para su propia subsistencia o la de su amada descendencia.

Finalmente, son varias y distintas las razones por las cuales una persona puede decidir -en cualquier momento- dejar de comer carne o, lo que es lo mismo, parar de solventar a la irresponsable y cruel industria ganadera.

Aunque el camino no es fácil y suele tratarse de un proceso gradual, los que hemos experimentado tal transición solemos sentir una satisfacción interior y, sobretodo, cierta paz de conciencia al no ser más cómplices de un sistema infame que -al mismo tiempo- tortura y aniquila animales sensibles, daña el medio ambiente (emisión de gases efecto-invernaderos, tala de bosques y selvas para producir forraje), genera enfermedades zoonóticas, afecta la salud y acapara el escaso recurso del agua.

Lo que es el colmo del descaro, es que suelen ser los propios consumidores de carne y adictos a las hamburguesas los que tratan de burlarse de los vegetarianos y veganos que -por razones éticas- han renunciado a seguir consumiendo esos productos. Es decir, el mundo al revés. Los que por simple capricho hedonista financian a la industria más destructiva del planeta, pretenden acosar a los que -con esfuerzo y conciencia- eligen un modo de alimentación menos variado, pero sustentable para el planeta y compasivo hacia otros seres sintientes.

Probablemente, ese afán por mofarse de lo correcto revele lo mal que se sienten consigo mismos. Solo una profunda insatisfacción personal explica la necesidad de agredir al resto. La debilidad o incapacidad para hacer el bien produce rabia, que activa las burlas hacia aquello que, en el fondo, los interpela o -acaso- pone en evidencia.

Sea como fuere, lo que es determinante resaltar es lo tóxica que es la industria ganadera. Como se explica en el documental ¨Comiendo nuestro camino a la extinción¨, es este negocio la mayor amenaza para nuestra supervivencia. Y, felizmente, para vencerla basta con elegir -con mejor criterio- lo que ingresamos a nuestro cuerpo. La solución más efectiva pasa por adquirir el valor de volvernos -antes que sea demasiado tarde- vegetarianos. En realidad, es menos difícil de lo que se piensa, y no hay nada peor que ni siquiera intentarlo. 


Escrito por

Manuel Bartra

Abogado especializado en gestión humana


Publicado en

manuelbartra

Abogado laboralista especializado en gestión humana con enfoque de género.